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Dantza talde bat    
Apuntes para la historia de las danzas. 
El padre Larramendi Expositor y paladin
No cabe duda que el gran libro del P. Larramendi, aunque otros suyos hayan gozado de más fama y figuren en bibliotecas como la Colombina de Secilla, es su Coreografía o descripción general de la muy noble y muy leal provincia de Guipúzcoa. José Ignacio Tellechea, investigador y especialista de la vida y obra del sabio jesuita de Andoain, data su redacción hacia 1754. Obra, por tanto, de madurez, con toda la sabiduría ya granada en el silencio apacible de Loyola, cuando ya quedaban lejos sus estudios, su cátedra, su estancia en Bayona, sus predicaciones y viajes.

La Coreografía nos parece un palacio de aposentos sin número. Llenos de curiosidades, además. Y el que los recorre encuentra en cada visita sorpresas inesperadas. El hombre Larramendi, bien enraizado en su tierra, ojo avizor y pulso bien templado, se nos entrega ahí con enorme afecto a Guipúzcoa sin que la pasión empañe su juicio y sus acertadas observaciones.

Fue una pena que no viera la luz hasta 1882 y en Barcelona, gracias a la laboriosidad del P. Fita. Así, la cultura guipuzcoana quedó privada de una guía excepcional. Para su Guipúzcoa-co condaira mucho hubiera servido a Iztueta, que en el prólogo exclamó aquello de: ¡Ah gure Aita Larramendi, Larramendi!

Bost onelaco eguia esanic joan ciñan emendi. (Ah ¡Nuestro buen Padre  Larramendi, Larramendi! Habiendo cantado bien de verdades como éstas, te fuiste de entre nosotros).

A Larramendi se le ha considerado, y le vamos a considerar, como defensor y paladín de las danzas. Pero hay otros aspectos en los que no se han parado y que también no conviene olvidar, tales como sus observaciones directas y su gran aportación a la etnología y antropologías vascas.

Sin la extensión y la minuciosidad de Iztueta, es sin duda el primero en hacer un breve inventario de las danzas guipuzcoanas, de las que dice, «unas son comunes a todas las fiestas y otras son determinadas a tal y tal solemnidad». Hace una larga descripción de la espata-danza, como de galayen danza y la aceri danza o danza de las zorras indicando los lugares en que más se  bailaban en Guipúzcoa, así como de los trajes y vestidos usados en semejantes ocasiones. Coincide con Iztueta cuando este escribe que «Pordoi-dantza,la Espata-dantza y Broquel-dantza son los bailes marciales que se ejecutan en las grandes festividades, como la de San Juan Bautista, Corpus Christi, o en obsequio de los personajes». Y otras «que pueden llamarse de temporada, como la Jorrai-dantza o baile de las azadas, el cual se ejecuta de modo muy curioso en los días inmediatos al abrirse las labores del campo; y el Aceri-dantza o baile de raposa, que por Carnaval y Navidades ejecutan los mozos, saliendo a su son de calle en calle, y de casa en casa en demanda de pollos y demás comestibles, como los raposos».

Y no sólo se hace testigo directo de los juegos y diversiones populares de los guipuzcoanos y de sus instrumentos músicos, sino que asiste y vive una dura controversia suscitada en los quince últimos años, de su vida. Los cuatro capítulos que consagra a las danzas y que en la edición de 1969 ocupan nada menos que 47 páginas, se entienden bien a la luz del edicto que en 1750 publicó don Gaspar de Miranda y Argaiz, obispo de Pamplona, prohibiendo los
bailes públicos y las danzas.

Y, aunque no hace referencia directa al edicto, está bien presente en la argumentación empleada por Larramendi, confirmando «sed contra» con testimonios de la Sagrada Escritura Santos Padres y Concilios y en las alusiones al celo indiscreto de los misioneros o misionistas, a quienes parece oír «tronar desde los pulpitos... y disparar centellas y rayos contra las carricadanzas, escudanzas y otros nombres que tienen los bailes o danzas comunes de Guipúzcoa». Supongamos —continúa— que son malas y prohibidas. ¿Es prudencia y moral corriente gritar y clamar a todo trance que no se deben permitir estas danzas, aún cuando de la prohibición y omisión de ellas se siguen mayores escándalos y daños de los que se quieren evitar?»... Es claro que, desterradas las danzas del país, se siguen mayores escándalos de los que se quieren evitar y en la misma especie con que están difamadas las danzas. En algunos lugares (no nombro ninguno) los misioneros, inspirando horror de estas danzas, obligaron a todos de sus oyentes a jurar que ni danzarían ni permitirían danzas de tamboril, y recurriendo al tribunal del señor obispo, obtuvieron su aprobación y la confirmación del juramento. Pero a poco tiempo se les resfrió su fervor y dejando las danzas, se retiraban mozos y mozas a divertirse y a jugar... fuera de poblado sin testigos... y fue preciso relajarles el juramento y que volvieran a sus danzas».

Larramendi trae como testimonio de su punto de vista la figura del celoso  misionero de Legazpia, don Domingo de Aguirre que, si en los primeros años de su labor misionera, hizo gran guerra a las danzas comunes del tamboril, desengañado por la experiencia de mayores males, dejó correr las danzas los últimos años de sus misiones, sin predicar más contra ellas». Ejemplo seguido por Manuel de Izquierdo y algunos otros religiosos, jesuitas, carmelitas, y a hora últimamente los celosos misioneros franciscanos de Zarauz.

Y recoge toda su argumentación en esta frase: «Y si por la razón dicha se  pueden tolerar las danzas, aun suponiendo que sean malas, ¿por qué se han de desterrar si no son malas? La danzas —nos dirá más adelante- ni son malas de suyo ni están prohibidas, y no pueden condenarse o prohibirse con prudencia. ¿No hay en estas frases alusión directa al edicto?. ¿No hay quizá también una seria advertencia a su hermano en religión P. Mendiburu, quien en distintos pueblos de la provincia había dado y daba misiones muy duras contra las danzas?

Las razones de Larramendi —como escribe Tellechea— rebosan comprensión, humanidad, hasta buen humor y total ausencia de complejos u obsesiones. Es todo un tratado moral sobre la honestidad de las danzas guipuzcoanas en concreto. Pero como la obra no se publicó hasta muchos años más tarde, podemos decir que Larramendi fue una voz en el desierto. Voz que debía haber sido oída y no lo fue, prolongándose el debate hasta principios del siglo XIX.

José GARMENDIA A.

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