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EL CÓLERA MORBO DE AGOSTO DE 1.855
 
Comprendo que el enunciado que encabeza estas líneas es demasiado prometedor. Pero de algún modo tenía que titular unas breves notas que he ido recogiendo en torno al azote mortal que constituyó para Guipúzcoa aquella epidemia del cólera morbo de agosto de 1.855. Estas noticias, referentes a una localidad guipuzcoana, como Zaldivia, son como un botón de muestra nada más, como una pincelada en el triste cuadro que presentaba en el verano de aquel año nuestra provincia.

Las noticias que por tradición oral habían llegado hasta nosotros, de verdadera siega de vidas humanas, de días terribles de silencio asombroso no roto por el toque de campanas, de aislamiento completo por temor al contagio, incluso con supresión de actos de culto, quedan bien patentes en la pluma temblorosa de don José María de Lardizábal, beneficiado de la parroquia, que día a día va anotando en los libros parroquiales defunciones y más defunciones con detalles que nos interesan al caso.

Así escribirá: “El día 12 de agosto de 1.855 habiendo recibido los santos sacramentos murió a los 53 años y cuatro meses de edad Martín José de Urreta Vizcaya. El mismo día fue conducido su cadáver al campo santo. .."Y, añadirá al margen del folio: "El primero que murió con cólera morbo”.

El 7 de octubre volverá a anotar de nuevo: “Miguel Antonio Lasa, el último que murió con cólera”. La epidemia del cólera morbo duró, pues, cincuenta y siete días. El balance de defunciones, para una población de unos 1.200 habitantes mas o menos en aquella época, arroja la cifra de cuarenta y cinco muertos en el breve plazo de 57 días.

Pero el mes terrible en que se agudizó la epidemia fue el de agosto. A partir del día once hasta el treinta y uno, dentro de los veinte días escasos, fallecieron a causa del cólera morbo treinta y cinco personas entre niños, jóvenes y personas mayores.

El día veinte del mismo mes, sin duda alguna le tembló más el pulso. Tenía que registrar la defunción de su hermano Francisco Ignacio, eminente euskarólogo, que en la edad más prometedora para las letras vascas, era víctima de la misma epidemia: El día veinte de agosto de 1.855 habiendo recibido los santos sacramento de Penitencia y Unción, murió con cólera a los cuarenta y nueve años de edad y un mes, en esta villa de Zaldívia, don Francisco Ignacio de Lardizábal, Pbro. Beneficiado Decano de la iglesia parroquial de la misma villa, Notario eclesiástico y natural de la citada villa, hijo legítimo de don Francisco Xavier de Lardizábal, natural de la villa de Orendain y residente en esta villa y de doña María Antonia de Urretavízcaya ya difunta, natural y residente que fue de esta villa. No testó y el mismo día fue conducido su cadáver al campo santo, habiéndose hecho las funciones de iglesia cuando cesó el cólera y firmé D. José M.ª de Lardizábal”.

Espíritu cultivado, entregado en alma a sus feligreses y a la Provincia, amigo de confianza del obispo de Pamplona, Severo Adriani, a cuya diócesis pertenecía y autor de varias obras muy estimadas, fue vicario interino de la parroquia de Zaldivia en diversas épocas y sobre todo desde agosto de 1.835 hasta septiembre de 1.839 en el transcurso de la primera guerra carlista. Si su “Testamentu Zar eta Berrico Kondaira” ha sido el libro de las veladas en los caseríos vascos, digamos en honor a la verdad que todavía no ha disfrutado del homenaje a que es acreedor.

Víctima también del cólera, por su celo y asistencia a los enfermos, iba a ser seis más tarde don Francisco Ignacio de Urretavizcaya, emparentado con los Lardizábal y que había nacido en la casa Calvariota. El vicario interino teje así el elogio, dejando a un lado los laconismos habituales: “El día veinte y seis de agosto de 1.855 habiendo recibido los santos sacramentos murió con cólera a los sesenta años y siete meses de su edad en esta villa de Zaldivia don Francisco Ignacio de Urretavizcaya, Pbro. y Vicario propio de la misma parroquia, natural de esta villa, quien desde el mismo día 11 del mismo mes de agosto en que fue invadida la población del terrible azote del cólera-morbo, no descansó un momento asistiendo día y noche a los coléricos y socorriéndolos tanto en lo espiritual como en lo temporal hasta que sucumbió él mismo, hijo legítimo de don José Martín de Urretavizcaya y de doña María Ignacía de Jáuregui, ya difuntos, naturales y residentes que fueron de esta villa. No testó y el mismo...”

Y así continúa extendiendo las actas de defunción el vicario interino don José M.ª Lardizábal hasta el siete de octubre en que nos da cuenta del último muerto por cólera.

Suponemos que los libros parroquiales de las iglesias guipuzcoanas registran el mismo balance proporcionado de defunciones debidas a aquel azote que cayó sobre la Provincia en agosto de 1.855.

Ya hemos dicho que este artículo no pretendía ser más que un botón de muestra y una pincelada. La tradición más viva y actual entre tantas pestes y calamidades, es ésta que queda confirmada en los documentos de aquélla época. Un verano y un otoño en que quedó desterrada la alegría e incluso los regocijos y las fiestas patronales.

J. Garmendia
El Diario Vasco (1.969-VIII-13).

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