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Las danzas guipuzcoanas (1)
 
Dantza talde bat

El Diario Vasco , martes 22 de noviembre de 1977

Nuestros recuerdos de infancia son una torre cuadrada de amarillentas piedras sillares y una plaza convertida en escenario de las clásicas danzas guipuzcoanas. Después, ¡cuántas veces las hemos contemplado allí y en otros lugares!. Expresión viva del alma de una raza, un aire lejano como llegado de las profundidades del tiempo penetraba el ámbito con el son agridulce y vibrante del txistu.

Dicen que no datamos. Tampoco datan las danzas. Se pierden en la noche de los tiempos. No retrotraen a los orígenes de nuestra etnia, a un mundo ancestral y mágico. Se ha escrito que las danzas de los vascos, gimnásticas e inflexibles, con gran movilidad de pies y de piernas, pero ninguna de cintura para arriba, responden plenamente a las de tipo septentrional europeo. Que son exponentes de un pueblo que admira la fuerza como diversión de raza primitiva y que, en general, no ha alcanzado todavía en su totalidad un intenso dominio del pensamiento conceptual moderno. Que los instrumentos, a cuyos sones se baila, son igualmente elementales, y que en muchos de los atributos y vestidos se pueden observar sorprendentes paralelismos con otros reflejados en pinturas rupestres conservadas en cabernas paleolíticas así como en monumentos, vasijas y joyas datadas en miles de  años atrás. Que las cintas en los brazos, los cencerros rodeando cinturas, las bandas cruzadas sobre el pecho al estilo ibérico, son en buena parte reminiscencias de prácticas coreográficas originales en humanidades remotes.

Expresión de ritos y mitos

Los ritos primero, los mitos después, sean agrícolas, belicosos, lúdicos, funerarios, etc, han tenido su glosa estética —ha escrito Berruezo— en la «Jorrai-dantza», la «Ezpata-dantza», la «Brokel-dantza», á «Carrika-dantza», la «Azeri-dantza»... bailes que siendo plásticamente expresivos de actividades cotidianas conservan en su sentido íntimo el valor mágico que tuvieron en su origen; o la «Guizon-dantza» —cuya  versión hoy más conocida es el «Aurresku» --de convertir la anécdota en doctrina, presentándonos, como testimonio ejemplarizador, la capacidad del grupo étnico, representado por los dantzaris, para crear una forma jerarquizada de sociedad.

Las danzas como un rico Segado ancestral; como un valor cultural de primer orden; como diversión y regocijo popular; como algo que realiza el milagro de ponernos en comunión con el pasado, si no capítulos, son  ideas y el clímax de «Guipuzcoaco dantzac» de Iztueta que en la zona del Goyerri conoció, practicó y recogió.

Nuestro folklorista escribirá que «hay danzas para cada solemnidad, cada solemnidad rica en gloriosos y gratos recuerdos de hazañas y costumbres, de virtudes públicas y domésticas de los antiguos guipuzcoanos», y que «el distintivo del carácter guipuzcoano es la decidida afición a mezclar el regocijo popular en los actos más importantes de la vida pública y privada, del Gobierno general del país y del Gobierno y transacciones particulares entre las familias e individuos... y que envuelta en ellas (las danzas) nos presenta la fisonomía más animada de los pueblos más cuerdo  y felices del globo» (Del folleto publicado en Londres –sin  duda en «Ocios de españoles emigrados» de 1825--y por medio de Pablo de Mendivil, director en San Sebastián de “El Liberal Guipuzcoano” en el trienio 1820-1823).

La danza y su significado en Iztueta

Pero lo que nos interesa ahora es saber que es la danza y que significado tiene para Iztueta. Nos dejó una definición muy acertada, cuando escribió que «bailar, no es otra cosa que cantar con los pies», o, que «la danza no es sino una canción con los pies, o hacer que la línea del canto y sus palabras, fundidas en uno, sean reproducidas aún en sus mínimos detalles, como si fuera el mismo canto». Vuelve a insistir y a ampliar esta definición en el folleto publicado en Londres: «No otra cosa es el baile que un canto que se ejecuta con los pies y con los ademanes, o bien, la expresión exacta de lo que significa cada golpe o punto de la tonada ajustada a la copla; de manera que el sonido y el movimiento del cuerpo vayan conformes entre sí en cuanto a la expresión de los efectos encerrados en la letra de la tonada. Esta cualidad esencial, esta combinación tan acordada de los sentimientos con el sonido —añade— la poseen en grado eminente todas nuestras tonadas antiguas con más perfección que los de ninguna otra música del mundo».

Un poco más adelante escribirá que «tiene cada uno de estos sones inmemoriales una letra o cantinela propia, cuyos compases regulan los movimientos y cuyas palabras avivan la expresión, el ademán, la animación del que danzando los ejecuta, porque le recuerdan y ponen presente el objeto para que se compusieron». En parecidos términos se manifiesta en el prólogo a su libro de melodías de las danzas. De ahí la importancia que atribuye al tamborilero que para Iztueta «es el personaje principal, el verdadero corifeo de estas fiestas nacionales».

Está claro que no concebía la danza sola, sin acompañamiento, no sólo del txistu y del tamboril, sino del mismo canto de los danzantes. Enseñaba él la danza junto con el canto como le escribe a Pablo de Ulíberri hablando de sus ensayos a los niños asilados de la Casa de la Misericordia. Para Iztueta el canto de evocación es el que pone en movimiento al danzante, estremeciendo y arrebatando su ser. Algo así como si el entusiasmo diera origen al canto, y éste a su vez exigiera la expresión artística de los movimientos corporales. Conceptos ambos indisociables en el pensamiento y puesta en práctica de Iztueta. Hoy en día parece haberse perdido este sentido y esta correlación tan íntimas.

Cuando Iztueta escribió que «bailar no es otra cosa que cantar con los pies» se adelantó a Paúl Valery para quien «La danza es una poesía general izada de la acción de los seres vivos». Para Iztueta —como escribió el recordado José Mª Donosty— los bailes tradicionales vascos, son la expresión de una idea, la exaltación del ritmo, el movimiento elevado a la categoría de arte, simbólica a veces, exultante, dinámica siempre. Si la prosa del movimiento humano esta constituida por las manifestaciones normales de éste, el baile es su manifestación poética. Nos movemos con la misma naturalidad con que hablamos o escribimos, en prosa, sin darnos casi cuenta de ello; pero cuando queremos convertir el movimiento en algo superior a las contingencias y a la mera necesidad, bailamos, el baile es, pues, la poesía del movimiento, con su idea fundamental o temática, su rima, su métrica, su censura, sus asonancias y sus consonancias, sus estrofas, y cuando el baile, como en el caso del «Aurresku» o de la «Ezpata-dantza» consta de varios números o estrofas, entonces el baile, poesía ya en sí y aisladamente considerado, se convierte en un poema. ¿Y qué son nuestros bailes sino pequeños poemas líricos, sentimentales, báquicos o marciales, tan distintos del concepto de los bailes modernos, impregnados de erotismo, o, cuando menos, de sensualidad?».

José GARMENDIA A.

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