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José Mª Donosty

 
La Voz de España, 28-XI-67
No sé si considerar privilegio o servidumbre de la edad el hecho de haber participado, de modo más o menos directo, tanto en el primer centenario de la muerte de Iztueta, celebrado en Zaldivia, hace veintidós anos, como en el  bicentenario de su nacimiento, que se conmemorará mañana.

San Sebastián, como capital de Guipúzcoa, no puede , en modo alguno, desentenderse de las glorias locales de los pueblos de la provincia, de todos y cada uno de los cuales es como su cabeza, su cápita, esto es, su capital. Por eso, gran número de sus calles, plazas y paseos ostentan nombres de hechos memorables y de hombres ilustres guipuzcoanos y, como englobándolos a todos, acontecimientos y personalidades, he ahí, en el centro mas logrado y noble de nuestra ciudad, presidida por el Palacio Provincial, la bella plaza de Guipúzcoa.

Le corresponde a Iztueta el honor de ser recordado, evocado y festejado con motivo del bicentenario de su nacimiento. Hace ya varios años que una de las calles de nuestra ciudad ostentaba, y ostenta, su nombre; ahora tiene ya hasta su monumento conmemorativo. Un monumento simbólico, que será todo lo meritorio que se quiera, pero que no me gusta. Siento mucho disentir de la opinión de ciertas gentes que aprueban lo que no entienden, precisamente por eso, por no parecer anticuadas, por dárselas de listas y de estar, como se dice en Francia, “a la page”. No digo que valga o deje de valer tal monumento: digo, sencillamente, que no me gusta. Pro es eso lo que hoy se gasta, guste o no guste, y por eso muchos, sin más razón, lo aplauden. Yo tengo la humildad y la valentía de mi sinceridad. Además, no basta que una obra pertenezca a tal o cual estilo para ser admirada: hace falta que esa obra tenga el debido mérito, dentro de su estilo.

De mi participación en el primer centenario de   la muerte de Iztueta, celebrada en la villa de Zaldivia, en 1945, conservo gratísimos recuerdos. Conocí la casa “Iztueta-enea”, en la que nació aquel a quien llame entonces, por vez primera, y en grandes titulares, “el Gran Bailarín”. Dicha casa, en cuya plazoleta  delantera adiestró Iztueta a sus muchachos, creando uno de los primeros grupos o elencos de “dantzaris vascos”, fue conocida con posterioridad por el nombre de  “Kapagindegui”, nombre vasco que denomina a la casa de los Iztueta en razón a que en ella se fabricaba, a la sazón, la márraga: una especie de jerga o tela burda, tejida con el lino del país, y mediante ruecas y telares más o menos primitivos o antiguos. No era la única en el pueblo en la que se tejía márraga; ni tampoco era Zaldivia el único pueblo dedicado a semejante industria: Anzuola, por ejemplo. Y cito a Anzuola, porque fueron este pueblo y su industria los que invocó el conde de Peñaflorida cuando, sintiéndose proteccionista de la industria del país vasco, excitó a los famosos “caballeritos” de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País a vestirse de márraga de Anzuola, antes que gastar sus cuartos en telas costosas de tuera del país.

Pues bien; Iztueta fue marraguero de profesión, en su propio pueblo y en su propio pueblo y su propio  hogar; tan  solo poco antes o poco después de su segunda boda parece ser que abandono Zaldivia y entro al servicio del Ayuntamiento de San Sebastián, como vigilante en la famosa Puerta  de Tierra de sus murallas, cuando San Sebastián las poseía aun.

Aunque nadie lo ha dicho, que yo sepa, sospecho que Iztueta abandonó Zaldivia en razón de su boda con la famosa “Konchesi”, probablemente a sus instancias, y quién sabe si mediante sus influencias. Porque Conchesi, esto es, Conchita —¡qué nombre, entre topónimo y místico, más donostiarra!—, era de San Sebastián, y mal la veo a la bella joven donostiarra, tan admirablemente cantada por el poeta, metida en Zaldivia, cuando en la cabeza de su marido, justamente, bullían ideas favorables a una mayor expansión de sus ideales, ambiciones y talento.

Iztueta está vinculado a San Sebastián no sólo por el empleo a que he aludido, sino al hecho de que adiestraba en sus danzas a los niños y niñas asilados de la Beneficencia donostiarra, que hacían sus exhibiciones en las fiestas populares y ante las personas de calidad que nos visitaban.

En Zaldivia, en la ocasión citada —y posteriormente—, tuve el gusto de conocer y tratar a dos personas a quienes me place discernir el honor de la cita. Una de ellas fue don José Ángel Mancisidor, de unos sesenta y cinco años de edad por aquel entonces, nieto de una hermana de Iztueta, casada con un Mancisidor. Don José Ángel me pareció algo así como el albacea sentimental del “Gran Bailarín”, tal y como los Olano y los Pujana lo fueron de su doctrina coreográfica. Guardaba a la sazón don José Ángel, como oro en paño, no solo el recuerdo y la anécdota de su ilustre antepasado, sino algunos de los efectos personales de Iztueta: las zapatillas de baile, bordadas, de seda; las blancas medias, también de seda; el “guerriko” rojo; los testamentos del abuelo y del padre de Juan Ignacio; documentos relativos a la casa “Iztueta-enea”, así como el famoso recibo de la Urruzola, la tercera esposa del bailarín... Lo que no pudo enseñarme fue el famoso tirso que este usaba al frente de sus coribantes, tirso que creo recordar haberlo visto en el colegio de Lecaróz.

Otra de las personas que conocí en Zaldivia, con motivo de los actos del primer centenario de la muerte de Iztueta, fue el por aquel entonces seminarista,  o estudiante de cura, como vulgarmente se dice, José Garmendia.

De vacaciones en su pueblo natal, fue uno de los que con Pujana hijo, el alcalde de Zaldivia y el secretario municipal, se ocuparon en la preparación de los actos conmemorativos del mencionado centenario. El  entusiasmo que en esta ocasión demostró Garmendia por la figura del bailarín no fue tan sólo de circunstancias. El hecho de que a los veintidós años de aquella fecha el presbítero Garmendia siga escribiendo acerca de los antecedentes familiares de Iztueta, de la Zaldivia de su época, de las fuentes y de las influencias literarias del autor de la “Historia de Guipúzcoa”, de la belleza e interés de su prosa, de su famosa poesía a Konchesi, de los continuadores de su obra y de todo cuanto a Iztueta se refiera, hacen del señor Garmendia uno de los exégetas mas cumplidos y puntuales de la peripecia vital intelectual y artística del famoso zaldivitarra. Muy bien, amigo Garmendia.

Quedan, no obstante, en la penumbra de la historia algunos de los episodios de la vida de Iztueta, que, no obstante el tiempo transcurrido desde entonces, no han tenido la explicación que todos desearíamos conocer. Refiérome, sobre todo, a las razones, duración y circunstancias de su encarcelamiento,  durante varios años, en Logroño, a exigencias de la Santa Inquisición.

No quiero hablar de "Konchesi'', poesía, vasca que considero una perla, porque ya en su día no sólo le consagré mi comentario, sino que di de ella una versión que hasta, entonces nadie lo había hecho con la extensión con que yo lo hice. Digo que es una perla, como lo es la deliciosa “Nere etxea”, del poeta vascofrancés Elizanburu. Por cierto que, años después, Bilinch escribió su poesía “Konchesizentzat'”, de la que bien puede decirse que nunca segundas partes fueron buenas.

La vida sentimental de Iztueta debió de ser muy intensa. Los sentimientos que exhala en dicha poesía, el hecho de que se casara tres veces y su manifestación a Denbowski de que quería morir casado, parecen demostrar un temperamento amoroso en extremo.

En fin, el episodio de su muerte corona su obra. A punto de expirar, se recibieron noticias de Mondragón, donde se hallaba la reina, de que la actuación de los “danizaris de iztueta ante la corte había logrado un gran éxito. El cura Lardizábal, que le ayudó a bien morir a Iztueta, le oyó decir en sus últimos momentos: “Ondo gera. Mutillen berri onak ditugu.” Esto es: “Estamos bien. Las noticias de los muchachos son buenas.” ¿Hay modo más bello de morir que ilusionado por lo que ha sido la razón de la existencia? Si un bello modo de morir honra toda una vida, según el proverbio italiano, no puede negarse que Iztueta murió muy honorablemente, llevándose viva al otro mundo la ilusión que en este fue la razón primordial de su existencia.

Jose Mª DONOSTY

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