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"Iztueta", cuadro de Hombrados Oñativia  
 Pueblo, 17 de noviembre de 1967
 
Con chistu y tamboril, a la vieja manera de las tierras vascongadas, estamos entrando en la semana grande con la que Guipúzcoa, y sus tres provincias hermanas, van a sublimar la memoria de Juan Ignacio de Iztueta.
 
Nacido en Zaldivia, hace doscientos años redondos, Iztueta fue el regenerador de las danzas vascas y el transcriptor en «román paladino» local de un mundo sugestivo que ha desaparecido para siempre. Su «Guipuzcoaco dantza» y su «Guipuzcoaco provinciaren condaira», son dos monumentos del buen entender y del bien amar las cosas de los predios nativos. Dos libros amasados con una agudeza d e observación y unas dotes analíticas que han merecido para su autor, de pluma de nuestro Caro Baroja, el título de precursor en ciertas tendencias modernas en los estudios etnológicos y antropología social.
 
Autodidacta de cuerpo entero, hombre que aprendió penosamente (ozta-ozta) a leer sin pasar por la escuela, como él mismo confiesa, supo vencer esas barreras y ya en el comprometido Rubicón de la cincuentena dio a las imprentas su primer libro, al que siguió, veinte años más tarde, el último. La obra de Iztueta, zarandeada por algunos, como, por ejemplo, el notable euskólogo príncipe Bonaparte, y ensalzada hasta las nubes por otros, ha sobrevivido al marco ambiental en el que se forjó, y gana, de día en día, en sugestión e interés. Ahora, inclusive, se piensa en traducirla al castellano y en reeditarla en vascuence.
 
Iztueta, hijo de una comarca en la vinieron al mundo el bardo Iparraguirre, el conquistador Legazpi, el cosmógrafo Urdeneta y el general con habilidades de zorro, Zumalacárregui, tuvo una vida de tumultos y paradojas. Gran amante del barullo, sus últimos días los pasó en la soledad; antiguo preso, llegó después a gozar de un cargo en la cárcel del Corregimiento... Lo que en él constituyó una línea irrenunciable fue la dedicación al cultivo de las danzas, que trataba de salvar de la apatía en la que las habían sumidos los años duros de la guerra española de la Independencia.
 
No es de extrañar, por esto, que sus últimas palabras al cura que le asistía fuesen para felicitarle por el éxito de sus «dantzaris» que aquel mismo día, en Mondragón, habían bailado triunfalmente ante Isabel II .
 
El bicentenario de Iztueta, ciertamente, no es una conmemoración que pueda quedar enmarcada, tan sólo en la dulce y umbrosa Guipúzcoa. Como gloria vascongada lo es también española y, por ello, dedicamos esta prueba de admiración al bardo que cantó en la más antigua y sonora lengua de las Españas : el euskera.

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